Conversando hace poco con una joven, salió a colación la próxima peregrinación tradicionalista Summorum Pontificum a la basílica de San Pedro. Sorprendida de la llaneza con con que su interlocutor se reveló como tradicionalista, siguió el sólito interrogatorio acerca de los motivos de mi identificación con ese particular tipo de católicos. Mis respuestas no tenían nada de original, nada que mis lectores seguramente no hayan ensayado ya decenas de veces con familiares, amigos y conocidos de tendencias sensibleras, siempre sorprendidos de encontrarse con un tradicionalista criado al aire libre. En fin, cuando parecía que había capturado brevemente su interés, todo vino a derrumbarse ante el verdadero obstáculo que parece impedir la aceptación de los tradicionalistas entre las filas de los hijos de la Iglesia. El problema, como ya sabrán, no era la diferencia de rito, ni de idioma, ni de sentido de lo sagrado, ni siquiera el valor de mantener y transmitir las venerables tradiciones de la iglesia. El verdadero problema era la gente.
Mi amiga, como ustedes intuirán, no aprobaba del tipo de gente que suele asistir a este tipo de eventos, o al menos, la gente que ella se imagina que lo hace. Quisiera verdaderamente poder compilar una lista precisa y definida de nuestros pecados tradicionalistas, pero sinceramente me creo incapaz de semejante tarea. Soberbia, dureza de corazón, desobediencia, impiedad, rigidez, legalismo, fariseísmo, orgullo, triunfalismo, fea catadura, frivolidad, mal olor, racismo, xenofobia, mal gusto, falta de alegría, extremismo, juicios temerarios, falta de caridad, y la lista podría seguir si que yo termine de descubrir precisamente la causa del disgusto y desprecio que la mera insinuación de nuestra existencia causa entre nuestros hermanos de una más popular índole. Es lamentable, pero pareciera que el problema no es nada en particular, sino, meramente, nosotros.
Si duda que abundan los enemigos acérrimos de Dios, que quieren destruir todas sus huellas entre las criaturas. Rebeldes de dura cerviz que odien los sagrados ritos de la Iglesia por ser precisamente vehículos de verdad, bondad y belleza. Sin embargo, la mayoría de nuestros adversarios ni siquiera lo son. No odian los ritos, no les importan; no rechazan el latín, no lo conocen; no se oponen al misterio, no lo entienden. Pero sí, y esto con pasión, detestan al tradicionalista. No importa el motivo, se lo inventan.
Es un deprimente descubrimiento. Pero la realidad es que nuestros adversarios dentro de la iglesia (obispos, sacerdotes, religiosos y laicos) se oponen mayoritariamente a la tradición no porque la odien, sino porque desprecian a los que la defienden. No es justo ni agradable, pero debemos hacernos cargo de esta realidad, trabajar con ella presente.
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